Todos Sabían

Según informó el Semanario Búsqueda, el Presidente Tabaré Vázquez le habría dicho a los Ministros de la Suprema Corte que se encontró con un panorama más complicado de lo que esperaba en materia económica.

Inmediatamente el ex Presidente, José Mujica, reaccionó indicando que si había problemas sería debido a que la gente que maneja la economía se habría guardado algo, dando a entender que él tampoco conocía el estado real de la situación económica.

En forma simultánea y de manera persistente el actual Ministro de Economía repite en forma permanente que habrá que actuar con mucha cautela y sugiere que será necesario controlar el gasto público y las definiciones del Estado en esta materia.

Más allá de las diferentes versiones, hay dos cosas muy ciertas.

La primera de ellas es que efectivamente la economía uruguaya enfrenta un panorama complejo para este año y su situación fiscal no es satisfactoria. Todo indica que la discusión presupuestal estará marcada por circunstancias restrictivas relevantes, lo que hará aún más difícil la concreción de acuerdos dentro del partido de gobierno.

La segunda es que las circunstancias complejas no surgieron repentinamente en 2015, sino que cualquier analista avezado sabía el año pasado que las cosas serían más complejas para el próximo gobierno. En efecto, la tendencia decreciente de los precios internacionales de nuestros productos y las señales de crisis económica y política en los países vecinos, quizás con la única novedad acerca de la profundidad de la crisis brasilera, indicaban que los tiempos de prosperidad y holgura se habían terminado.

Sin embargo, basta tomar al azar cualquier declaración emitida por los principales dirigentes y gobernantes del Frente Amplio durante la campaña electoral 2014 para constatar que nada de las señales que ahora se reconocen como evidentes se admitía por parte del partido de gobierno. Todo lo contrario, se hacía alarde de la fortaleza de nuestra situación económica, se llegó a decir que nunca habíamos tenido tanta fortaleza en nuestra situación fiscal.

Se rechazaban con desdén todas las afirmaciones que indicaban situaciones que, ahora, todos los principales dirigentes del partido de gobierno reconocen. Sorprendente, ¿no?

En realidad, la estrategia de disimular o directamente negar la evidencia de situaciones complejas no es una novedad. Algo muy parecido ocurrió con la campaña electoral de 1999, cuando gobernaba el Partido Colorado y tanto el entonces Presidente Julio M. Sanguinetti como el candidato presidencial de ese partido, Jorge Batlle, eludieron y descartaron todas las críticas a la situación de la economía que, en ese entonces, estaba mostrando señales preocupantes después de la devaluación de Brasil ocurrida en enero de ese año.

Lo que tampoco es nada creíble es que esta situación tome por sorpresa a alguno de los tres viejos líderes del partido de gobierno. Es totalmente descartable que Tabaré Vázquez, José Mujica y Danilo Astori no supieran en detalle todos los números y las perspectivas de la economía uruguaya.

Danilo Astori conduce la economía desde 2005 de manera directa, por sí mismo o a través de figuras de su total confianza. Nada de lo que ha ocurrido y ocurre en la economía uruguaya se le pasa de lado, por el contrario es la persona de este país que ha tenido el acceso más seguro y completo a todas las cifras del funcionamiento económico del país.

El candidato presidencial, Tabaré Vázquez, que ya había nominado al propio Astori como su futuro ministro de economía desde mediados del año pasado, seguramente fue puesto al día, como debe ser, por su ministro designado. Habría sido una gravísima deslealtad que el futuro ministro de economía no haya puesto al tanto hasta el mínimo detalle al ahora Presidente sobre los avatares y las perspectivas de mediano plazo de nuestra economía.

Y, finalmente, el ex presidente José Mujica tampoco estuvo ajeno a todo lo ocurrido en su administración.

Todos sabían muy bien cómo venía la mano. Y todos coincidieron en minimizar y disimular las señales preocupantes que estaban presentes desde el año pasado. Todos son corresponsables de las dificultades actuales, todos avalaron una conducta política dispendiosa que generó un déficit fiscal enorme que es aún mayor si se tiene en cuenta que se generó en medio del mayor proceso de crecimiento económico de la historia del país.

Por lo tanto, a no “hacerse los sotas”. La realidad golpea y obliga a ser muy cuidadosos, cautelosos y firmes en el control de las cuentas públicas. Todo indica que las cosas van a estar mucho más complicadas. Eso se sabía desde hace tiempo, pero en los tiempos electorales, resultaba más útil “barrer debajo de la alfombra” y mostrar los éxitos alcanzados en los años anteriores que explicar el futuro inmediato.

Pues bien, el futuro está aquí y plantea sus limitaciones. Cuando nosotros, desde nuestra propuesta programática y desde nuestro discurso de campaña, señalábamos las dificultades que el país tenía delante, los candidatos del Frente Amplio nos respondían calificando nuestras opiniones como alarmistas y electoralistas.

Ahora ha quedado en evidencia quién actuó con criterios electoralistas. Todos sabían y todos callaron, los tres eludieron los datos de la realidad. El objetivo era ganar y juntar votos.

Ahora que el país debe afrontar una situación más compleja, nosotros seguiremos actuando con la misma responsabilidad con la que señalamos los problemas el pasado año y ayudaremos a que nuestro país enfrente de la mejor manera posible una coyuntura difícil.

Por Pablo Mieres

Ni tanto ni tan poco, no comerse la pastilla

Los primeros diez días de este gobierno han estado signados por la expresión visible de diferencias, más o menos importantes, dentro del partido de gobierno entre el accionar y las declaraciones de integrantes del elenco entrante y lo actuado por el gobierno que acaba de finalizar su gestión.

Los ejemplos son numerosos y suculentos. No refieren a asuntos menores, sino que, por el contrario, son reflejo de diferencias sustantivas tanto en el estilo de gobernar como en los contenidos concretos.

Las diferencias se han expresado particularmente en torno a la orientación de la política exterior, basta haber escuchado las referencias del Presidente Vázquez en su discurso de la noche del 1° de marzo, como las palabras del nuevo Canciller, Rodolfo Nin Novoa, al día siguiente en el acto de instalación de autoridades de ese ministerio. Además, y más sugestivo, vale mencionar la diferencia de postura ante el insulto de Nicolás Maduro al Vicepresidente Raúl Sendic, entre el gobierno actual que lógicamente llamó al Embajador de Venezuela para manifestar su desagrado y la opinión de José Mujica apoyando a Maduro y quitando entidad al insulto proferido.

Otro campo de discrepancias se construye en torno a las funciones del FONDES y su utilidad para apoyar a las empresas autogestionarias. El modelo impulsado durante el gobierno de Mujica se modifica sustancialmente en el texto del proyecto de ley enviado al Parlamento, lo que ha generado inmediatas reacciones negativas de los allegados al expresidente.

Podríamos abundar, porque más allá de una supuesta convergencia de opiniones primarias sobre la posibilidad de frenar la financiación de la obra, la postura de fondo frente a la construcción del ANTEL Arena no parece ser tan consensual como parece.

Ahora bien, ¿corresponde concluir entonces que las diferencias políticas entre uno y otro sector del Frente Amplio serán de tal magnitud que generarán dificultades imposibles de administrar? Razonablemente no. Hasta ahora el Frente Amplio ha demostrado una enorme capacidad para alcanzar (a la corta o a la larga) acuerdos o transacciones que les ha permitido atravesar los asuntos y los temas sin un final traumático o rupturista.

Decía hace ya unos cuantos años el Dr. Ignacio De Posadas, agudo crítico de la actividad política, que “no existe pegamento más fuerte en un partido que el olor al poder”. Lo decía en términos generales y no aplicado al caso referido, pero no hay duda que la referencia bien vale.

Por otra parte, los dos líderes, el Presidente y el expresidente, se conocen mucho y tienen larga experiencia sobre arbitrar sus diferencias.

¿Esto significa entonces que las distancias observadas en diez días, y las numerosas que habrán de venir, son totalmente inocuas o artificiales? Para nada, no existen dudas de que las orientaciones de fondo que animan a uno y otro de los sectores del Frente Amplio, son auténticas y reflejan miradas diferentes sobre el futuro del país y, también, por qué no decirlo, sobre la importancia del respeto a la institucionalidad y las reglas de juego.

La existencia de, al menos, dos formas de ser de izquierda resulta evidente, no sólo en nuestro país sino en todo el mundo, al punto de que estas definiciones no son patrimonio exclusivo del Frente Amplio, como hemos reivindicado nosotros, con fundamentos sobrados, desde hace ya bastante tiempo.

La historia política de la humanidad, ya desde comienzos del siglo XX, mostró la diferencia entre, al menos dos formas de actuación de los partidos y fuerzas políticas de izquierda.

Pero, hasta ahora, los dirigentes del Frente Amplio han encontrado fórmulas de zanjar o, más bien, postergar las diferencias evidentes.

Hay circunstancias que indican que las disyuntivas pendientes son más difíciles de eludir o resolver bajo la “lógica del abrazo”; para empezar porque los recursos disponibles serán más escasos y la posibilidad de arbitrar soluciones que conformen a unos y otros es menor, en la medida que no alcanza para “hacer A y al mismo tiempo hacer B”; pero también porque después de diez años de gobierno el avance en las decisiones angosta los caminos y obliga a tomar definiciones más estratégicas con valor de más largo aliento.

Sin embargo, por otro lado, el peso político electoral de quien no está al frente del Poder Ejecutivo ha aumentado, al punto de que probablemente represente cerca de dos tercios de la bancada del partido de gobierno. Por si quedaba alguna duda, todos registramos la frase de Mujica, cuando todavía era Presidente, de que contaba con treinta legisladores (contaba en ese número solo a los del MPP, sin sumar a los pertenecientes al famoso Grupo de los 8).

Por tanto, no nos engañemos. Las diferencias existen y no son “pavada”. Es más, a nuestro juicio, son decisivas para el futuro del país. Pero tampoco creamos que la existencia de esas diferencias, por sí solas, determinará una distancia inmanejable dentro del Frente Amplio.

La mayoría parlamentaria que el partido de gobierno retuvo lamentablemente en las pasadas elecciones potencia la solución de los acuerdos a pesar de todo.

Seguramente, esa tendencia al “clinch” entre unos y otros, priorizando la unidad interna por encima de todo, tendrá como consecuencia costos importantes para el país, en la medida que postergará o, incluso, cancelará oportunidades y decisiones claves para el futuro del país.

En muchos sentidos, estas tensiones divergentes nos hacen acordar a los “buenos tiempos” de blancos y colorados (me refiero a los tiempos anteriores a la dictadura) en donde se registraban diferencias de magnitud que ameritaban enfrentamientos muy fuertes que, sin embargo, a la hora de votar se amortiguaban debido al irresistible “olor al poder”.

En este cuadro de situación, no existe otra opción que alentar las alternativas más acordes a una transformación del país valiosa y positiva, señalando con claridad una disposición generosa a apoyar, sin duda, las iniciativas que se propongan en la dirección correcta. Pero sin “comerse la pastilla” sobre el viejo problema que parafraseando a Real de Azúa, consiste en “el impulso y su freno”.

Por Pablo Mieres

Mayoría absoluta a toda maquina

A toda máquina, sin discusiones, en algún caso sin siquiera pasar por el análisis en la correspondiente Comisión Parlamentaria, la mayoría absoluta del partido de gobierno llevó adelante una especie de masiva votación de proyectos de ley, como si el mundo se fuera a terminar el 31 de diciembre o como si el Frente Amplio ya no tuviera mayoría parlamentaria en la próxima legislatura.

Cuesta entender tanta falta de análisis, tanta falta de profundidad en la elaboración de normas y en su ultra rápida aprobación.

En efecto, días atrás el Senado votó en una sola jornada con los votos del partido de gobierno, dos proyectos de ley que poseen evidentes inconstitucionalidades, reconocidas y señaladas por una gran mayoría de los especialistas en la materia. En efecto, aprobaron la ley de medios y una repentina iniciativa (plagada de errores técnicos y políticos) proveniente del Ministerio de Economía para mal resolver el conflicto con el Poder Judicial.

El lunes siguiente la Cámara de Representantes trató estos mismos dos proyectos y, por si no fuera suficiente agregó para el menú nada menos que la Ley Orgánica Policial y el Código Penal. Pavadita de asuntos.

Todo a contrarreloj, todo sin mayor cautela ni preocupación, todo sin reparar en la búsqueda de acuerdos amplios. Todo a las corridas. No se sabe por qué.

Pues bien. Veamos el saldo de semejante impulso.

En primer lugar, la ley de medios, ahora ya aprobada por el Parlamento, será reglamentada en el próximo período, pero su contenido posee varias inconstitucionalidades notorias, unas sobre la afectación de la libertad de expresión y otras sobre las mayorías requeridas para aprobar leyes con contenido electoral. En los próximos meses estaremos presentando ante la Suprema Corte de Justicia la correspondiente acción de inconstitucionalidad referida al capítulo sobre publicidad electoral gratuita.

En segundo término, el proyecto de ley que buscaba resolver el conflicto judicial, no sólo terminó agravándolo por cuanto la respuesta fue notoriamente insuficiente, sino que generó una reacción indignada de todo el sistema judicial, por cuanto incluyó novedades que pueden afectar grave e indebidamente, la capacidad presupuestaria del Poder Judicial al cargarle el costo de eventuales indemnizaciones de sentencias adversas. Además de la evidente inconstitucionalidad consistente en incluir en la norma disposiciones correspondientes a la materia presupuestal, lo que la Constitución prohíbe.

Tercero, el proyecto de Código Penal, repentinamente enviado al Plenario como resultado de un oscuro acuerdo entre el partido de gobierno y el Partido Nacional para eliminar por la vía de los hechos una norma penal dirigida a controlar los desbordes y abusos de poder de los políticos. Después de años de trabajo y sin haber culminado el estudio, de un día para el otro se lleva al Plenario para su aprobación inmediata.

Afortunadamente encontró la resistencia de un numeroso grupo de organizaciones sociales además de voces de la academia que señalaron importantes errores y la inclusión de concepciones discriminatorias y, en muchos casos, anacrónicas.

Estamos hablando nada menos que de un nuevo Código Penal, pero poco importa cuando se genera el impulso avasallante de aprobar una andanada de normas, se suspendió su tratamiento en comisión y allá marchó para una supuesta aprobación “express”.

En este caso, el tema quedó en suspenso debido a la fuerte oposición de estas organizaciones sociales y de una parte de los especialistas. Esperamos que prime la sensatez y que esta iniciativa quede postergada para su discusión en la próxima Legislatura.

En cuarto término, la nueva Ley Orgánica Policial, sin discusión en Comisión, se aprobó sin chistar haciendo uso de la mayoría absoluta tan mentada. Nadie sabe muy bien qué se aprobó y cómo cambiará la normativa que regula al instituto policial. No importa.

En fin, si esta es la sinopsis de lo que pasará en la nueva Legislatura, seguramente las críticas y cuestionamientos que hemos señalado a lo largo de toda la campaña electoral serán reiteradas y aumentadas con total convicción y firmeza.

Si el Frente Amplio asume la renovación de su mayoría absoluta parlamentaria como una suerte de licencia para hacer lo que se quiera, tendremos importantes conflictos porque no estamos dispuestos a dejar pasar los abusos de poder en silencio.

Tenemos la percepción de que esta hemorragia de iniciativas legislativas es el resultado de pequeños intercambios de apoyo como resultado de diferencias internas dentro del partido de gobierno. Es decir que un sector promueve la iniciativa “a” y otro no está de acuerdo pero como quiere que se apruebe la iniciativa “b” intercambian apoyos y terminan votando todas las iniciativas, con el efecto lamentable de votar leyes con graves inconsistencias y, en algunos casos, con notorias inconstitucionalidades.

Las diferencias internas en el partido de gobierno son inocultables y tienden a expandirse, pero esa mayoría absoluta de un voto, parece hacerlos sentirse obligados a votar todo junto obviando las evidentes diferencias.

El que pierde es el país.

Obviamente la mayoría absoluta parlamentaria alcanzada nuevamente por el Frente Amplio es legítima. Pero el partido de gobierno debería tomar nota de que es resultado, nuevamente, de los procedimientos de asignación de bancas por restos y no de que la mayoría de los votantes le hayan apoyado. En efecto, el Frente Amplio no obtuvo la mitad más uno de los votos, sin embargo estuvo cerca como para obtener la mitad más uno de los cargos en cada Cámara legislativa.

La gran interrogante consiste en saber cómo va a interpretar el Frente Amplio este nuevo mandato. Si la referencia es la forma en que se ha actuado en estas semanas de noviembre y diciembre, la cosa será muy complicada. Significa que la soberbia y la omnipotencia se han reafirmado, lo que llevará a difíciles instancias de debate y conflicto.

Queda, sin embargo, por saber si al comenzar el nuevo periodo de gobierno y ponerse en funcionamiento la nueva Legislatura, existirán márgenes de diálogo y de búsqueda de acuerdos más amplios.

El final de este año no es precisamente un buen indicio.

Pablo Mieres

Violencia en el futbol: inentendible incapacidad de respuesta

A esta altura parece una burla. Ya no hay forma de entender por qué este país no logra dar pasos claros y firmes para erradicar la violencia en el deporte particularmente, aunque no sólo, en el fútbol.

Es insólito. Da vergüenza ajena. Hace años que “se pasan la pelota” entre el gobierno y los clubes como si ninguno tuviera responsabilidad o buscando asignar la responsabilidad al otro.

Todos sabemos que hay países que tuvieron problemas similares o incluso mayores y, sin embargo, resolvieron la situación a tal punto que hoy ni siquiera necesitan poner alambrados en los estadios. El caso inglés es el que “rompe los ojos”, después de que los equipos de ese país fueran suspendidos de las competencias europeas, los ingleses resolvieron definitivamente el problema de los tristemente famosos “hooligans”.

Pues bien, aquí parece que todo se hace más difícil. ¿Por qué? Nadie sabe muy bien, pero la problemática se agiganta. Dos ejemplos en tres días son o deberían ser “la gota que desborda el vaso”. El jueves pasado el partido que jugó Nacional por la Libertadores debió ser suspendido por el ingreso de gases lacrimógenos al estadio debido a incidentes con la “barra brava” que se suscitaron fuera del estadio. Conviene decir que el partido se jugó a puertas cerradas por un grave incidente anterior ocurrido el año pasado en otro partido de la Libertadores, si no fuera grave sería casi cómico.

El sábado pasado la hinchada de Cerro generó una gresca descomunal con la policía en el estadio Luis Tróccoli a vista y paciencia de todo el mundo, con filmaciones incluidas. Ya habíamos empezado mal, puesto que el partido comenzó sin que se acatara el reclamo policial que implicaba que las hinchadas desistieran de sus posiciones en lugares inadecuados. No hubo respuesta de las barras bravas, pero el juez del partido determinó que se iniciara el partido de todas formas. Grave error que da pie a que los violentos se sientan los dueños de la situación.

La imagen de un conjunto de desaforados atacando y agrediendo a la policía sobre el final del partido puso en evidencia la gravedad de la pérdida de autoridad que se vive en estos tiempos.  Nos hizo acordar a aquel patético episodio en el que la hinchada de Peñarol expulsó de la tribuna a la policía. Por si fuera poco, escuchamos azorados a autoridades de la policía calificando de exitoso el operativo realizado en torno al partido entre Peñarol y Cerro. Estamos todos locos.

Han pasado unos cuantos días y a pesar de que las imágenes permitieron que todo uruguayo que quisiera pudiera identificar a los desaforados, sin embargo no hay detenidos ni procesados por estos episodios. Sorprendente, ¿no?

En fin, ¿será tan difícil resolver este problema? Estamos seguros de que no es así.

Por supuesto, para que esto se resuelva tiene que haber decisión firme de los dos actores principales de este asunto para llevar adelante una política enérgica de respuesta definitiva a esta situación.

Para ello debe haber una actitud de “tolerancia cero” de parte de la Asociación Uruguaya de Fútbol y de parte del Ministerio del Interior.

Por ejemplo, la Asociación Uruguaya de Fútbol debería resolver que cuando una hinchada comienza a emitir cánticos agraviantes o que inciten a la violencia, el juez debería detener el partido y a la segunda oportunidad debería suspender el partido y establecer la quita de puntos al club correspondiente.

Justamente, la suspensión o la quita de puntos a los clubes es un instrumento que ahora está otra vez disponible en los reglamentos de la AUF y posee un impacto disuasorio importante. Sin embargo, para que cumpla con su función es imprescindible aplicar la normativa con firmeza y energía, porque de nada sirve tener vigentes una normativa si luego esta no se aplica.

Es inaceptable que se tolere en un espectáculo público un conjunto de cánticos que promueven la violencia y fomentan un clima de intolerancia y confrontación. Allí debe empezar el accionar de enfrentamiento a los violentos.

Los dirigentes de los clubes deben contribuir a desmontar la estructura de poder que los líderes de las barras bravas han construido en estos últimos años. Deben dar información amplia a las autoridades que permita avanzar en las investigaciones policiales, deben cesar todas las circunstanciales vinculaciones que al final se traducen en favores y clientelismo interno.

Al mismo tiempo, la policía debe actuar con total energía sobre aquellos dirigentes que encubran o sean cómplices de la actuación delictiva de los integrantes de las barras bravas, aplicando las leyes y estando dispuestos a enviarlos a la justicia por su conducta.

Tampoco es admisible que la policía no controle la participación de los espectadores en un espectáculo de masas. La policía debe actuar dentro de los estadios y debe imponer su autoridad sobre los violentos; esta es la clave fundamental para recuperar el clima de paz y convivencia que debe dominar en un espectáculo deportivo.

En tal sentido, debe ponerse en vigencia el mecanismo que establece que todo aquel que participe de desmanes o sea identificado como un violento, sea obligado a comparecer en la comisaría de su barrio toda vez que el club del que es hincha juegue un partido.

Hay que desmontar las estructuras delictivas paralelas que se han ido construyendo en torno a las hinchadas de algunos de los clubes, nos referimos al tráfico de drogas, la comercialización de armas de fuego u otras actividades que son en sí mismas delictivas pero que se han ido asociando al colectivo de algunas de las barras bravas.

En definitiva, hay que impulsar una estrategia de disuasión y represión que incluya el trabajo conjunto de los dirigentes del fútbol y los efectivos policiales. No hay excusas y es mucho menos difícil de lo que se dice. No tenemos ninguna duda de que es posible terminar de una vez por todas con este flagelo.

Por Pablo Mieres

Líder (es) de la (s) Oposición (es)

Supongo que es por pereza o por simplificar el análisis, pero lo cierto es que comienzan a reiterarse los análisis y reflexiones de periodistas y estudiosos de la vida política nacional que refieren a Luis Lacalle Pou como el “líder de la oposición” o aquel que “liderará a la oposición” durante el próximo período de gobierno.

Nadie puede discutir que Luis Lacalle Pou ha realizado una muy buena campaña y que, más allá de su derrota en segunda vuelta, ha tenido una performance electoral muy favorable. De hecho, en poco tiempo, pasó de ser un diputado promisorio con posibilidades de ser candidato presidencial en 2019 a convertirse en el principal referente del Partido Nacional que, además, compitió en segunda vuelta por la Presidencia de la República cinco años antes.

Nadie puede dudar que Luis Lacalle Pou será una figura de primer relieve en el debate político de los próximos años y, desde el punto de vista cuantitativo, es además quien lidera la bancada más numerosa de todos los grupos y partidos que no están en el gobierno.

Pero de allí a asumir que es el líder de la oposición existe una enorme distancia.

En primer lugar, porque no existe una oposición. De hecho hay cuatro partidos con representación parlamentaria que no integran el gobierno y entre ellos existen importantes diferencias.

A lo sumo, se podría interpretar que los partidos históricos, el Partido Naiconal y el Partido Colorado, constituyen un bloque político común, en la medida que incluso están decididos a presentarse en forma conjunta para las elecciones departamentales en Montevideo y, a esta altura, ya se han apoyado recíprocamente en las tres segundas vueltas que han tenido lugar en nuestro país desde que se instaló esa regla de juego.

Pero incluso asumiendo que blancos y colorados son un bloque político único, es dudoso que los sectores políticos de ambos partidos acepten pacíficamente que Luis Lacalle Pou los lidera a todos. En todo caso es un problema de ellos en el que no nos vamos a meter.

Lo que sí es claro y rotundo es que para el Partido Independiente, las figuras o líderes de los diferentes sectores de los partidos tradicionales no nos representan y, mucho menos aún, nos pueden liderar.

Parece mentira que a esta altura de los acontecimientos tengamos que reiterar ciertas cosas obvias que, además, están sólidamente respaldadas en nuestras sucesivas y permanentes decisiones políticas.

En este país existen varias oposiciones al gobierno y el Partido Independiente representa a una de ellas. Una oposición de izquierda moderada y democrática que, al mismo tiempo, también tiene notorias diferencias con el bloque de los partidos tradicionales. La negativa a integrar el Partido de la Concertación y nuestra postura firme y enérgica de no aconsejar el voto, por segunda vez consecutiva, en la disyuntiva de segunda vuelta presidencial entre el candidato frentista y el candidato nacionalista, son gestos muy contundentes de reafirmación de un espacio propio e independiente.

Somos una oposición diferente y así habremos de continuar actuando; tal como lo hemos hecho en todos estos años. No nos alineamos con el partido de gobierno, es decir que somos oposición; pero tampoco nos alineamos con el bloque de blancos y colorados, es decir que somos una oposición diferente.

Probablemente somos una “piedra en el zapato” para ambos bloques.

En el Frente Amplio son muchos los que preferirían que nos alineáramos con los blancos y colorados, así esa clásica tendencia a dividir el mundo en “buenos y malos”, “blanco y negro”, “LA izquierda y LA derecha” podría dibujarse libremente sin la incomodidad de nuestra presencia que, además, es creciente en el panorama político nacional. De hecho, es muy frecuente en el discurso de los dirigentes del Frente Amplio empujarnos hacia el bloque de los partidos tradicionales como si fuéramos parte de ese agrupamiento.

En los partidos tradicionales se nos cuestiona porque no los apoyamos y se nos acusa de que le “hacemos el juego” al Frente Amplio, ayudándolo con nuestra presencia a continuar prevaleciendo, sin darse cuenta ni asumir sus propias falencias e incapacidades para enfrentar al partido de gobierno.

En definitiva, nuestro camino es el de acompañar, sin condiciones y sin pedir nada a cambio, todas aquellas iniciativas y políticas que impulse el gobierno y que a nuestro juicio sean positivas para el país y nuestra gente; pero al mismo tiempo, señalar con firmeza y energía las críticas sobre aquellas iniciativas y decisiones que, de acuerdo a nuestra opinión, perjudican los intereses del país, vigilando y fiscalizando el accionar gubernamental para denunciar las cosas que se hagan mal o que puedan violar las reglas de juego.

Este camino nos verá a veces votando con los demás partidos de oposición, otras veces votando junto al gobierno y también nos verá votando en soledad en determinadas circunstancias.

Por eso, no existe un líder de la oposición, como tampoco existe una única oposición política en este país. Sería bueno que ciertos analistas y periodistas fueran más precisos y analizaran la realidad sin perder los ricos matices que existen.

 

Pablo Mieres

region sur

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